La Roja II
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—Entonces yo me subí ahí por la ESCA, al cuarto para las ocho no había fila, ella también se veía cansada, como todos; no había mucha gente en el camión. Me senté en la penúltima hilera de las que tienen dos asientos, ella hasta atrás donde saltas cada bache o cosa, pegada a la ventana opuesta a mí, sentía su mirada hasta Lerdo donde se bajó, la vi como buscando algo, sus ojos tristísimos. Soñé con sus ojitos, su cabello que asemeja a la espuma golpeando la arena; me envolvía en un mar claro, cristalino y encontraba faro y tierra. Ella me recibía con un abrazo donde nos fundíamos en un llanto eterno. Desperté. Chingada madre, Ana, no había nada; nada. Siento que dentro de mí está la pequeña esperanza de que en cualquier parte esté; al abrir una puerta, al cruzar la calle, al ver el cielo, a lo que sea, que esté ahí.
Ya no tengo miedo al rechazo, al ridículo, ami mismo. Ana ya no aguantó verlo así, lo abrazo, se compraron un helado en la Nutrisa y salieron del Fórum, pasaron al Chopo. Hazlo we, tú eres el más valiente e imprudente que conozco, no te chivees, tú me dijiste lo mismo, debes intentarlo, suenas como derrotista y me da miedo esa actitud tuya, cualquier cosa dime y te regresaré el favor de esa vez que me diste tu hombro para llorar en tres culturas, Ángel no estás perdido. Moralizo al desmoralizador. Se quedaron viendo entre los puestos. Se trajo una copia vieja del Capital de Marx.
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